Ni “panchitos”, ni “chonis”, ni “curritos”: CLASE TRABAJADORA

chavsRecientemente, he podido disfrutar de la lectura de “CHAVS. La demonización de la Clase Obrera”, de Owen Jones,  que viene a describir de forma convincente una situación en la que la clase obrera británica,  poseedora de unas señas de identidad y de un orgullo colectivo que le daban fuerza, ha ido perdiendo vigencia a favor del difuso grupo social de las  “clases medias”. Pero no sólo eso. De alguna manera, las clases pudientes han logrado culpar a  l@s trabajador@s más desfavorecidos de sus propias penurias y limitaciones, obviando así que éstas son el cruel resultado de las políticas neoliberales más agresivas, de las que la clase pudiente ha resultado ser la única beneficiaria.  Esta lectura me ha llevado a preguntarme en qué medida eso está pasando también en nuestro país…

En los últimos años hemos podido apreciar como de forma simultánea a la degradación de las condiciones laborales y sociales se han ido imponiendo la visión clasista de aquéllos que nos han traído a esta situación. Tanto es así que la mayoría de los partidos políticos y  sindicatos de los países de nuestro entorno ya aceptan  mansamente que  mejorar las condiciones de la fragmentada clase trabajadora pasa por hacerla más competitiva, más cualificada, más sufrida…  Pero ¿qué haremos con l@s que no pueden? ¿A qué viene esta selección natural en una sociedad que históricamente reivindicaba solidaridad a través de las luchas obreras?  Ya no quedan rastros de aquella conciencia de clase unitaria, una de las armas con las que se alcanzaron importantes logros sociales para toda la ciudadanía. Si no accedes al mercado laboral, si el sistema te ha convertido en subempleado o si vives en la miseria no es porque los ricos hayan ido apoderándose de más recursos mediante su economía excluyente, sino  porque no has sido innovador o no has estudiado lo suficiente. Quizá acabes convirtiéndote en un auténtico chav

Este interesante libro puede servir de antídoto contra esta falta de seguridad inducida, contra el desprestigio de los que se salen del canon individualista neoliberal. Es, también, una invitación a preguntarnos si debemos aceptar este cambio de coordenadas en el tablero donde se marcan de manera cada vez más nítida las posiciones entre explotadores y explotados. Y todo indica que necesitamos reforzar la antigua postura, nuestra identidad colectiva como trabajador@s, para poder articular una defensa más decidida y eficaz de nuestros intereses. No es una cuestión fácil, pero pienso que bien podríamos comenzar pidiéndoles a much@s de nuestr@s vecin@s y compañer@s que  dejen de referirse a otras personas de nuestro entorno con términos como “choni”, “panchito”, “currito”, “poligonero” o equivalentes.

A diario podemos comprobar como personas no adineradas, progresistas y solidarias en muchos aspectos, caen con total naturalidad en valoraciones y expresiones de menosprecio hacia ciudadan@s que ocupan lugares más humildes en la maquinaria económica. El apoyo “moral” para esa actitud la encuentran sin duda en la idea aprendida a través de los medios: de alguna manera parece aceptarse que el pobre, el marginado, el inculto… “se lo merece”.

El problema se agrava cuando el común de la gente carece de referentes de clase, pero el caso es que much@s  ya no se detienen a valorar cuál es la situación socioeconómica que mantiene en la pobreza a un/a pobre; no reparan en qué es lo que llevó a la dificultad vital que sufren estas personas. Les resulta mucho más fácil y hasta divertido asumir las caricaturas que los más pudientes y sus medios divulgan sin parar. Ahora bien, cuando hacemos a los desfavorecidos responsables exclusivos de sus limitaciones económicas, ¿somos conscientes de que los verdaderos responsables de la creciente precariedad se están saliendo con la suya en perjuicio de tod@s los demás? Que la pérdida de la noción de clase que tanto nos debilita en este paisaje de neoliberalismo explotador no encuentre en nosotr@s un/a colaborador/a más. Si no sabemos quiénes somos difícilmente podremos saber quién nos ataca. No hay ineptitud ni pereza aquí abajo, sólo abuso e injusticia de allá arriba.

para la crisisGran Bretaña es un caso paradigmático de la demonización de la clase obrera y el análisis de Owen Jones llega a conmovernos. Como tod@s sabéis, Thatcher, una auténtica genocida del pueblo llano, amiga de Pinochet y de los grandes capitales, tuvo a bien desmantelar deliberadamente la industria de su país para favorecer otra economía. Tan infame tarea requería una nueva mentalidad que allanase el camino en un entorno con una clase trabajadora aún vigorosa. Para tal fin, puso en marcha una guerra represiva sin precedentes, pero también algunas falacias de indudable éxito que expreso en términos muy sencillos: “la sociedad no existe, existen los individuos”; “prospera el más apto”; “el mundo obrero es obsoleto, tod@s seremos clase media”… No abundaré en los tópicos, cualquiera sabe de estas simplonas y eficaces mentiras porque nuestro actual gobierno las proclama a los cuatro vientos como señas de identidad. Recuerdo un cartel en el Madrid pepero de hace pocos años que solucionaba la crisis promoviendo el emprendimiento: Para la crisis, crea una empresa. Se abstenía, eso sí, de explicar con qué dinero y con qué clientes podrían prosperar esas empresas en tiempos de empobrecimiento social generalizado, pero quedaba claro que si alguien no sale de la crisis es porque se trata de un haragán sin iniciativa o un inepto que merece sufrirla.

El autor nos relata como los sucesivos gobiernos y los medios a su servicio han priorizado la tarea de degradar la imagen de los “perdedores” para desviar la atención de las auténticas causas del empobrecimiento de toda la clase trabajadora. Y no se han cortado un pelo. Por poner un ejemplo, han implantado con éxito las definiciones de “marginad@s” o “excluid@s” para referirse a trabajadores pobres en un contexto moral y social de creciente desigualdad en el que la “clase media” se expone como el estado “normal” que cualquiera con tesón y capacidad debe aspirar a alcanzar. Eso sí, nadie dice cuál es el secreto para lograr ese objetivo después de haber desmantelado todas las manufacturas, la  minería y los ferrocarriles del estado, además de la enseñanza y la sanidad públicas, dejando sin la menor opción a ciudades enteras.

El argumento de que los chavs viven vidas degradadas y sin aspiraciones por su exclusiva culpa se ha transformado en una visión enfermiza y discriminatoria que la mayoría acepta.  Así, las muchachas de barrios pobres han sido descritas como “zorrillas abúlicas, estúpidas y promiscuas”; los chicos chav, “peligrosos, irresponsables, bebedores que viven de las subvenciones”… Sin apoyo científico que avale esa humillante caracterización colectiva, muchos periodistas de primera línea se entretienen en repugnantes ejercicios de clasismo describiéndolos como “chusmacracia”. No existe  el menor pudor a la hora de mostrar desprecio hacia quienes padecen miseria económica, una miseria que provocaron los que ahora les denigran sin la menor compasión. El primer ministro Cameron recientemente ha calificado de  “plaga” a los seres humanos menesterosos que escapan de las destruídas antiguas colonias hacia su próspero imperio, pero, ¿hemos llegado ya en España a esos niveles de degradación moral de las élites con el amparo de las privilegiadas “clases medias”? De momento, ese señor teñido que habla a través del plasma ha colocado al descerebrado xenófobo Albiol como candidato en Cataluña…

Por desgracia, creo que avanzamos por ese mismo camino y ya nada me tranquiliza. De hecho, incluso las nuevas opciones políticas progresistas insisten en la pertinencia de la meritocracia en vez de hacerlo en la necesidad de repartir riquezas y de reforzar a toda la clase trabajadora (inmigrantes, “cualificados”, precarios… tod@s por igual). Tampoco me gustan sus frecuentes muestras de compasión por nuestros jóvenes emigrantes que han de irse a pesar de su notable formación académica, como si los que se van sin disponer de ella fuesen de inferior categoría. Y qué decir de las recurrentes propuestas para recuperar la posición de la  “clase media” (“están acabando con las clases medias”), cuyo crecimiento parece ser el único parámetro de salud social que debemos mejorar…

Desde luego, que digan que el enfrentamiento entre izquierda y derecha es un posicionamiento obsoleto y que ser rojo es una  forma viejuna de identificarse no nos ayudará gran cosa. Pero, sea como sea, insisto en que podemos comenzar con algunos ejercicios de respeto y de defensa propia: prometámonos firmemente no utilizar nunca más términos como “choni”, “panchito” o “currito” con el objeto de calificar despectivamente a otras personas trabajadoras o en situación precaria. Recordemos que, independientemente de actitudes y defectos personales de cada cual, los intereses de esos colectivos son idénticos a los nuestros. Si queremos enfrentarnos al verdadero enemigo dediquémonos a atacar y despreciar exclusivamente a los de arriba, que es desde donde nos están lloviendo las hostias. Y perdonad que ponga  fin al artículo con un término tan impropio de la “clase media”, pero es que yo siempre siempre he pertenecido a la CLASE TRABAJADORA. A mucha honra.

Feliz verano.

César Villar

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